"El hombre de vapor de las praderas" (1868), de Edward Ellis

La literatura norteamericana del siglo XIX rebosaba de historias que bien podrían ser calificadas de ciencia ficción o romance científico. No hubo escritor de ficción americano de cierta relevancia en aquellos años que de alguna forma no abordara el género, aunque fuera mediante algún tipo de romance utópico: Herman Melville, Edgar Allan Poe, Nigel Hawthorne, Washington Irving o escritores de best-sellers del momento como Edward Bellamy o Mark Twain.

Pero los que más influencia ejercieron sobre la CF americana moderna fueron aquellos autores excluidos del canon, escritores que producían a mansalva novelitas baratas y revistas juveniles. De hecho, esas novelas baratas fueron la forma literaria dominante en Estados Unidos desde la Guerra de Secesión hasta la Primera Guerra Mundial, con una circulación de cientos de millones de ejemplares. Y es una de las fórmulas que más se utilizaban en aquellas novelitas, la historia de invenciones, la que representa perfectamente The Steam Man of The Prairies, escrita en 1868 por Edward Ellis. Sus sucesoras serían las series de aventuras de jóvenes inventores y científicos como Frank Reade, Frank Reade Jr., Jack Wright, Frank Edison, Electric Bob o Tom Swift. Tras su estela aparecerían los pulps, la cuna de la CF contemporánea.

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Estrictamente hablando, existieron otras fórmulas dentro de la CF, como la de las guerras futuras, o las historias de razas y mundos perdidos; también personalidades individuales como H.G.Wells o Edgar Rice Burroughs que influyeron a cientos de escritores; o revistas como The Strand, Pearson's Magazine, McClure's Magazine, Argosy o All-Story Magazine, en cuyas páginas dieron cabida a la proto ciencia-ficción desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del XX. Pero fueron las historias de inventores desarrolladas en las novelitas (dime novels) las que cosecharon un gran éxito de público.

En buena medida, estas novelas bebían de la fascinación de Julio Verne por los inventos fabulosos. Al centrarse en jóvenes genios que inventaban lo que fuera necesario para ganar una apuesta o competición, detener el mal, masacrar indios o hacer fama y fortuna, estas narraciones codificaron las directrices de lo que se iba a convertir en uno de los más populares subgéneros de la CF: la edisonada, término acuñado por John Clute en su Enciclopedia de la Ciencia Ficción como: “cualquier historia que presenta un joven inventor, masculino y estadounidense, que usa su ingenio para salir de un aprieto y, al mismo tiempo, evitar la derrota y corrupción de sus amigos y la nación por parte de enemigos extranjeros”.

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Mientras la frontera americana del Oeste se iba desintegrando, las novelitas (que tenían 32 páginas y costaban cinco o seis centavos) celebraban las sangrientas aventuras de los héroes del Far West, pero también jugaron un interesante papel en la transición que experimentó la conciencia colectiva norteamericana de una visión romántica del mundo en la que pioneros y cowboys figuraban héroes míticos, al mundo moderno dominado por la tecnología, en la que ingenieros e inventores usurpaban a pistoleros y exploradores. Este momento crepuscular, de cambio, quedó plasmado en una serie de novelas que comenzó con la que ahora nos ocupa, The Steam Man of the Prairies.

Posiblemente basada en la invención de un motor de vapor rotatorio de dos cilindros llamado el Hombre de Vapor de Newark (Newark Steam Man), el de Ellis era una especie de robot impulsado a vapor, con forma humanoide y que podía correr a 120 km/h tirando de un carro en el que montaba su inventor, Johnny Brainerd (su apellido era un juego de palabras: “brain”, cerebro y “nerd”, idiota). El joven inventor y sus amigos viajan con su criatura artificial desde San Luis hasta la frontera del Oeste, donde demuestra ser extremadamente útil en la caza de búfalos y el terrorismo contra los indios, todo en interés de la minería del oro.

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En 1876, año en el que se celebró la Exposición de Filadelfia y Custer y su Séptimo de Caballería eran masacrados en Little Big Horn, la novela de Ellis fue reeditada con un nuevo título: The Huge Hunter or The Steam Man of the Prairies, cosechando otra vez tal éxito que un editor rival lanzó su propia versión, escrita por Harry Enton. En ésta, el joven inventor se llamaba Frank Reade y la acción tenía lugar en Nueva York, pero el ingenio robótico a vapor era prácticamente el mismo. Ni siquiera el título se escapaba a la copia descarada: The Steam Man of the Plains. Fue el comienzo de un éxito colosal.

Tras tres secuelas, el escritor Luis Senarens, el “Julio Verne americano” (escribió entre 1.500 y 2.000 novelitas durante su prolífica carrera) se hizo cargo de la serie al tiempo que el protagonista, Frank Reade, le pasaba los bártulos a su hijo, Frank Reade Jr., que viviría 179 aventuras más.

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Generosa en las dosis de aventura y escasa en rigor científico, la ficción de Senarens anticipa claramente el género de la CF y su trabajo fue sin duda conocido por muchos de los escritores que luego darían forma a la ciencia ficción en las revistas pulp. Algunas de las invenciones e ideas que Senarens describía en sus series estaban sin duda copiadas de las novelas de Verne, pero éste no sólo no se molestó por ello, sino que incluso le envió una carta alabando su trabajo.

Senarens siguió creando personajes y series con la misma fórmula de joven inventor, como “Jack Wright”. Otras editoriales publicaban sus propias versiones (“Tom Edison Jr.”, “Electric Bob”). A medida que se agotaban las invenciones de aeronaves eléctricas o submarinos y era necesario buscar localizaciones más exóticas, se añadían a la receta la aventura geográfica y lógica evolución: las razas y mundos perdidos. Así que las novelitas baratas acabaron transitando por escenarios y temas que luego se repetirían abundantemente en los pulps y las primeras obras de CF propiamente dicha.

Este tipo de literatura popular y juvenil mantuvo su tirón hasta finales del siglo XIX, cuando los esfuerzos por censurarlas las hicieron menos rentables. Aunque aceptaron la influencia de Julio Verne y H. Rider Haggard, acabaron constituyendo una burbuja aislada del resto de corrientes que tomaban forma por aquellos años dentro de la CF. Y aunque sus historias fueron efímeras, su influencia en la evolución posterior del género no se ha valorado lo suficiente. Sirva esta corta entrada para reivindicarlas dentro de la historia de la CF.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Este texto apareció previamente en Un universo de ciencia ficción y se publica en The Cult (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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